miércoles, 17 de noviembre de 2010

Calendrier de l'Avent

Acá en Francia tienen una tradición. Todos los años, cuando se va acercando Navidad, a los niños se les regala un “Calendrier de l’Avent”. Es una especie de calendario del mes de diciembre, que tiene como una ventanita por cada día tras la que se esconde un bomboncito. Y la idea es que desde el 1 de diciembre hasta el día de Navidad, el niño vaya comiendo un bombón por día, al tiempo que va haciendo la cuenta regresiva hasta la llegada de Papá Noel. Por cuestiones de marketing, por supuesto, estos calendarios vienen con cualquier tipo de motivo, tamaño, color, y se empiezan a vender a fines de octubre más o menos (así como los huevos de Pascua se empiezan a vender en febrero y los chupetines con forma de calabaza de Halloween en febrero). Y claro está, yo ya me he comprado varios. Y también claro está, que a mí en vez de durarme 25 días, me dura aproximadamente 25 minutos.

martes, 16 de noviembre de 2010

Uff

Yo, cuando estoy hablando por celular con alguien que me importa y tengo que salir de casa, para que no se me corte, en vez de tomar el ascensor, bajo por escalera. Y vivo en el piso 15. Eso es amistad.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Cena de estudios

Este cuento es buenísimo…

El otro día la asociación estudiantil de mi facultad organizó para nuestra clase una cena en un restaurante marroquí. Dejemos de lado el hecho de que encontraron el único restaurante en París que no tuviera suficientes sillas ni suficiente espacio para nosotros 30. Dejemos de lado el hecho de que tuvimos que comer en dos tandas porque el propietario del restaurante no poseía 30 platos (sí, sí, historia real). Dejemos de lado el hecho de que el señor estaba tan nervioso por tener que cocinar 30 platos que no nos permitió pedir entradas. Dejemos de lado el hecho de que si queríamos entradas era porque se estaban haciendo las 11 de la noche y todavía ni miras de que llegara la comida. Dejemos de lado todo eso, porque la mejor parte del cuento es la que viene…

Hete aquí que cada plato costaba entre 8,50 y 10 euros, que no pedimos entradas por lo que ya expliqué, que no pedimos postre porque al terminar de comer ya queríamos irnos a dormir, y que las bebidas las llevamos nosotros por un arreglo que se hizo con el dueño. Pero hete aquí que los responsables de la organización de la cena recibieron la cuenta y dividieron el total entre los que éramos, y dio que cada uno tendría que pagar 11,50 euros.

Lo mismo pensé yo…

Y ¿saben qué ? estoy haciendo un Master en Economía, o sea que, o 2 economistas cagaron a 28 economistas, o el dueño de un restaurante marroquí cagó a 30 economistas.

jueves, 11 de noviembre de 2010

¿Perturbador?

Tengo una confesión que hacer… A mí a veces me pasa que salgo apurada a una reunión, una cena, una cita, lo que sea, y en el ascensor me miro al espejo e inmediatamente escucho la voz de mi madre (en mi cabeza) diciéndome « ponéte carabanas ». Y mi madre no está ahí, no me vio salir y no me verá llegar, y nunca sabrá como fui vestida a esa reunión, pero yo igual me pongo de malhumor y le contesto a la voz en mi cabeza « ay, ta, no pasa nada por una vez que salga sin carabanas… no tenía tiempo, y ahora no puedo volver a buscarlas porque llego tardísimo… no jodas ».

jueves, 4 de noviembre de 2010

Mi agenda

Estoy maravillada. Absolutamente. ¡Qué invento extraordinario! No se puede creer… La agenda. ¡Qué grande el ser humano! Ustedes dirán, “ay sí, la agenda, nada sorprendente, debe de haber sido el primer invento de la humanidad, y a ella recién ahora se le ocurre descubrirlo…”.

Es que yo les cuento, desde que aprendí a leer y a escribir, y hasta hace unos meses nada más, para mí la agenda era algo así como un cuadernito en el que dejaba fluir mi inspiración, escribiendo de vez en cuando, a modo de diario íntimo, lo que había hecho tal o tal día (con lujo de detalles, claro está). También me dedicaba a llenar páginas y páginas con frases célebres ingeniosas, las que escribía con distintas letras, motivos y colores. Los pegotines también supieron tener un papel fundamental en mis agendas, ayudándome a ilustrar de vez en cuando algún día o alguna semana. En resumen, para mí la agenda siempre fue como un pasatiempo, un entretenimiento que me salvaba cada vez que la clase se ponía aburrida. Era como una colección de dibujitos, frases y pegotines, pero la verdad es que yo prestaba mínima atención al encabezado de cada página indicando el día del año. Para anotar los deberes y las fechas de entregas, ya tenía yo a la palma de mi mano, y si se me borraba, ya tenía yo a mis amigas para que me lo recordaran. De más está decir que yo a las agendas las elegía por los colores de la tapa, o por la temática general, ni siquiera me fijaba si eran diarias o semanales. A veces me pasaba que justo la que me gustaba era enorme, y pesadísima, así que al cabo de la segunda semana ya no la llevaba conmigo, y cumplía su función desde mi mesa de luz. Hasta hace algunos meses, cuando de repente todo cambió… Al fin descubrí el propósito de las agendas. Es mágico, no lo puedo creer, estoy anonadada. Eso de tener todo lo que uno tiene que hacer anotado ahí, con fecha y todo… Es brutal. Sencillamente. Es una fuente de información increíble. Si supieran cómo se ríen de mí mis compañeros de clase cada vez que yo saco orgullosa mi agenda para anotar cualquier mínimo dato que nos haya dado el profesor. Es que ellos no saben lo que es vivir 22 años preguntando para cuándo era la entrega con una agenda llena de fotos y chistes y cartitas.

martes, 2 de noviembre de 2010

Baby sitting

El otro día, en el ómnibus, vi subir a una niñera con un cochecito y un bebé, de esos risueños, cachetones y amorosos. Supongo que sería la niñera, y no la hermana o la madre o lo que fuera, porque el niño tenía rasgos occidentales, era rubión y de ojos claros, y la chica tenía rasgos asiáticos, era bastante joven, y su actitud general indicaba que la única razón por la que se ocuparía de ese niño sería que alguien estuviera pagándole. La supuesta niñera dominaba el cochecito al son de los Rolling, porque llevaba los auriculares puestos y la música surgía a un volumen bastante alto. Hasta que tuvo que pausarla porque le sonó el celular, que atendió. Y mientras el niño nos hacía caras y gracias a los demás pasajeros del ómnibus, ella hablaba en lo que creo que era chino por teléfono. Sólo interrumpió la conversación unos segundos en el momento en que al bebé se le cayó la mamadera que venía sosteniendo entre sus dos manos, al piso de ese ómnibus (que vaya uno a saber cuánta gente ha pisado). Y sí, lo adivinaron bien, la niñera la juntó, se la volvió a poner entre las manos al niño, le hizo un gesto como motivándolo a que la termine rápidamente, y retomó su conversación telefónica.

Y la verdad es que presenciar todo esto me dio pánico… ¿Qué tipo de casting tendrá que hacer una madre para asegurarse que quien cuida a sus hijos los cuidará efectivamente aunque sea un poco?

lunes, 1 de noviembre de 2010

It's a small world after all

Estuve en París, y le traje de recuerdo a mi tía una colección de postales en las que con letra bien chiquita decía “Made in China”.

Estuve en Ibiza, y le traje de regalo a mi hermano una toalla de playa con una etiquetita que decía “Made in China”.

Y cuando me volví a ir de Uruguay, mi familia me dio una remera con un motivo bien uruguayo para que me llevara de recuerdo, con una inscripción muy parecida, que también decía “Made in China”.