lunes, 4 de octubre de 2010

¿Y ese olor?

Un secreto muy bien mantenido de la humanidad: si un tapado de esos de abrigo como de lana o paño, que no son de lluvia, se exponen demasiado tiempo a la lluvia, el material mojado huele a … pancho de feria.
Les cuento cómo lo descubrí…


Estábamos con Pelaya en París, y en realidad las dos ya conocíamos bastante bien la ciudad, así que algunos de los típicos paseos turísticos decidimos no repetirlos. Sólo algunos, por supuesto, porque la mayoría tiene un encanto tal que te da ganas de volver a hacerlos una y otra vez. Para nosotras, por ejemplo, un paseo obligado es el Musée d’Orsay. Ahí están todas las mayores obras impresionistas. Y el impresionismo es la base. Así que fuimos. Por otro lado, cabe aclarar que yo tengo una teoría curiosa acerca de los metros (o subtes). Me molesta bastante esa sensación claustrofóbica que dan los largos pasillos que llevan de un tren al otro, sobre todo considerando que suelen estar repletos de gente. Entonces mi teoría dice que si el trayecto en metro será sólo de pocas paradas, es mejor ir caminando, o si hay que hacer una conexión únicamente por una o dos paradas, mejor no tomar el segundo y caminar lo que queda en vez de cambiar trenes. El día que visitábamos Orsay, quise aplicar este principio. En vez de hacer una conexión, elegí una parada que me pareciera lo más cerca posible del museo para caminar el resto. Pelaya, por supuesto, me siguió. Sólo que, detalle, esa parada estaba un poco más lejos de lo que imaginé… Más o menos a 20 cuadras. 20 cuadras cuando se está haciendo vida de turista, recorriendo y recorriendo ciudades, con fatiga acumulada de días y semanas, son mucho más que 20 cuadras. Y sí, lo adivinaron, para colmo de males, esas 20 cuadras hubo que caminarlas bajo lluvia… Lluvia torrencial, cabe aclarar. Y también cabe aclarar que no llevábamos paraguas.

Y ésta es la historia de cómo nuestros tapaditos terminaron oliendo a… pancho de feria.


domingo, 3 de octubre de 2010

Mi nuevo hobby

Hace poco descubrí un nuevo pasatiempo... Y ya es mi pasatiempo preferido. Lo recomiendo abiertamente. Consiste en encontrar a algún cercano que use enjuague bucal, estar cerca cuando haga su enjuague,  y proponerse hacer que lo escupa antes de tiempo de la risa.
Por lo general, los enjuagues bucales tienen escrito en la etiqueta cuánto tiempo hay que aguantarlos en la boca, así que si te acercás a alguien mientras lo usa, probablemente esté muy concentrado contando mentalmente los  segundos que van pasando. Entonces, si uno le conversa lo suficiente y lo marea un poco, probablemente, antes de abandonar la lucha y escupir todo, pierda la cuenta, irritándose, y haciendo de este pasatiempo todavía más divertido.

viernes, 1 de octubre de 2010

Ibiza

Yo lo repito y lo repito. Que fui a Ibiza reiteradas veces, porque me encanta la playa. Y sigo repitiéndolo. Que es paradisíaco, que el clima es espectacular, el mar hermoso, las vistas increíbles, los mariscos exquisitos, el centro histórico (Patrimonio Universal según la UNESCO) divino. Y cada vez que lo digo, la reacción de mi interlocutor es la misma: petrificación de la mirada, y gesto de sorpresa e incredulidad. Y yo puedo adivinar perfectamente lo que está pensando, porque según el interlocutor, ese pensamiento es siempre una de las dos opciones siguientes:


-“¡Qué desperdicio de Ibiza!”

o

-“¡Esta tiene una doble vida total, y cada vez que se va explota Ibiza!”

jueves, 30 de septiembre de 2010

Te juro que no me gusta

Una cosa que me molesta es la gente que molesta a la gente porque no le gusta algo.
Voy a esclarecer mi propósito con un ejemplo.
Hoy fui a un té con mi madre y sus amigas (cosas que pasan) y había una Carrot Cake con canela. A una de las amigas de mi madre no le gusta la canela, nunca en su vida le gustó, y jamás la usó al cocinar, haciendo que a sus hijos tampoco les guste demasiado. No me explico yo por qué, pero a todas las señoras reunidas en el té les pareció totalmente inaceptable que ella ni probara el Carrot Cake ni le gustara la canela. Silenciosamente, a través de miradas cómplices mientras la desafortunada se servía un pedazo de la fatal torta, las demás se comunicaron que sería buena idea no advertirle que uno de sus ingredientes era aquel enemigo íntimo, con la esperanza que al fin se reconciliaran. Pero ella lleva una vida haciéndole la guerra a la canela, así que obviamente, al primer mordisco lo notó, y educadamente devolvió el plato. Las demás, sintiéndose sabias y generosas por querer compartir su sabiduría, convencidas de que se trataba de un capricho de nuestra heroína, insistieron, con argumentos del estilo de:
-“Ay pero probá un poco más, si ni se nota”
-“¡Qué exagerada! Si apenas tiene canela...”
-“No sabés de lo que te perdés… Cuando te animes te vas a querer matar porque vas a descubrir que te encanta”
Y yo tuve que intervenir. Pobre… ¿Qué les molesta que haya una persona más en el mundo a la que no le guste la canela? ¿Qué cambiaría en sus monótonas vidas que ella comiera o dejara de comer la torta de zanahoria? ¿Cómo pueden creer que una persona que jamás comió algo no lo iba a notar su primera vez?

En realidad, yo la quise ayudar porque me sentí identificada. Tengo gustos especiales, y sí, caprichosos. Pero no molestan a nadie. Y si no molestan a nadie, ¿por qué les molestan? ¡!

Por ejemplo, yo no tomo bebidas con gas. Para nada. Me fascina el agua natural, sin gas. Todo lo demás me parece artificial. Y eso, believe it or not, me convierte en una paria. Cada vez que vamos en familia a comer a un restaurante y el mozo se acerca a preguntar qué vamos a tomar, yo la paso mal. Todos se entremiran, y muy rápidamente llegan a la conclusión de que hay que pedir tantas botellas grandes para compartir de Coca Cola común, y tantas otras de Coca Cola Light. Y yo, tímida y vergonzosamente, tengo que declarar que yo quiero un agua mineral sin gas, soportando las miradas acusadoras de toda la mesa, como si estuviera cometiendo un crimen imperdonable. En los cumpleaños infantiles también la paso mal. Tantos vasitos desperdigados con Coca, Fanta y Sprite me hacen sentir como una pecadora capital cada vez que me tengo que dirigir medio a escondidas hacia la cocina a pedir en voz bajita que alguien se apiade de mí y me sirva un vasito de agua, así nomás, de la canilla.
Y los días pasan, y yo sigo sin entenderlo… ¿¿A quién molesto tomando agua??

También me molesta profundamente cuando alguien, tras descubrir que no me gusta algo, decide moralizarle, abrirme la cabeza, ampliarme el horizonte. Ahí me largan preguntas del estilo de:
-“¿Pero cómo sabés que no te gusta? ¿Lo probaste alguna vez?”
Y a mí me dan ganas de contestar:
-“No, sabés lo que, nunca lo probé ni lo probaré… Soy una caprichosa que decidió que algo no le gusta y punto… ¡Pero tengo derecho! ¡A vos ¿qué te cambia?!”

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Literatura, Cuarto año

Mi padre es muy gracioso. El dice que desde que mi hermano entró en la adolescencia, su cuerpo (el de mi padre) desarrolló como una magnetita que hace que cada vez que pasa cerca de una computadora (mientras mi hermano trabaja en ella) se vayan cerrando velozmente las ventanas. Conversaciones de MSN, cuentas de Facebook, páginas de Twitter, videos de Youtube, todo va desapareciendo en cuestión de milésimas de segundo, para que cuando él llegue a ver la pantalla, lo único que quede es un documento Word vacío, titulado “Vida y Obra de Lope de Vega”

martes, 28 de septiembre de 2010

Modo de empleo

Una cosa que me molesta es la gente de manual. Esa gente que uno tiene que ir aprendiendo cómo tratar, ir reteniendo cómo reaccionará frente a cada situación, ir sabiendo qué hacer frente a cada una de sus reacciones. Esa gente que si se enoja, hay que saber que es mejor hacer tal o tal cosa porque el enojo se le pasa solo, o más rápido, si se respetan esas consignas. Si se pone mal, lo que hay que hacer es esto, porque sino se empeora la situación. Frente a tal actitud, el procedimiento es tal, porque sino se complica todo. En serio, suficientes problemas tiene uno como para sentir que camina pisando huevos con sus amigos…

lunes, 27 de septiembre de 2010

Olores de infancia

Esta es una historia un poco triste. Bueno, a mí me resulta súper graciosa, pero a algunos podría parecerles un poco triste.
Cuando éramos chiquitas, mi prima tenía un problema gástrico terrible, que hacía que de vez en cuando se le escaparan unos gases matadores. Pero verdaderamente matadores. Y nosotros, los cercanos, conocedores de su condición, no podíamos hacer más que disimular, y aguantar la risa que provocaba la picardía de su cara.

Hoy, tantos años después, muy de vez en cuando, se le escapa alguno. Tan matador como aquellos. Tan reconocible como en aquel entonces. Y a mí ese olor me lleva de nuevo a mi infancia, la infancia más feliz del mundo…